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La sala Estudio 22 cumple
diez años de existencia. Este aniversario supone un verdadero éxito para
su mentor David A. Pérez (Logroño, 1970) pero también para todos nosotros.
No es fácil mantener un proyecto como éste con los recursos de su
propietario y la ayuda de un pequeño, muy pequeño grupo de amigos. Como es
bien conocido, Estudio 22 ha presentado exposiciones de fotografía, pero
además ha promovido el mestizaje creativo entre la fotografía y otras
disciplinas, fundamentalmente plásticas. De este modo la pintura, la
escultura o la cerámica, materializadas en ocasiones a través de pequeñas
instalaciones o en pequeños objetos con intención estética, se han
ofrecido en formato fotográfico. En muchas ocasiones han sido impulsos
pictóricos y escultóricos los que han generado las fotografías, pero en
otras el artista ha empleado la fotografía como vehículo de una intención
mucho más amplia. Creo que esta “obligación” por mostrar en las obras a
exponer un resultado final en el que la fotografía interviniese de un modo
dominante, por un lado, y la libertad concedida a los “invitados”, por
otro, ha conseguido, pese a la diversidad de lo expuesto, un notable
interés. Estudio 22 ha empujado, cuestionado e incordiado en el ambiente
artístico logroñés. Un revulsivo pequeño, como el espacio que ocupa, pero
machacón e intransigente en sus principios.
Para conmemorar el
cumpleaños la sala se viste con una muestra de fotografías del propio
David A. Pérez. No puede obviarse el sentido pesimista que embarga el título
de la exposición, tampoco el sentido conceptual de las imágenes. Primeros
planos de los restos óseos de un animal sobre un prado, fragmentos de un
herbívoro abandonados en la montaña de Peroblasco. En otras ocasiones he
señalado la calidad que posee la fotografía de David Pérez. Realizadas a
menudo en blanco y negro, sus imágenes consiguen reflejar las calidades
materiales de los objetos, en su mayoría edificios, que sumerge en sutiles
atmósferas llenas de intención. La búsqueda de un canal expresivo y
comunicativo, algo plenamente humano, a través de los objetos, en esta
caso construcciones, fue un recurso habitual de un sector del arte del
siglo XX. David consigue que esta intención lírica, inmersa en su obra en
un halo melancólico, se refleje sin afectación ni trampas. En estas
últimas fotos –en color- el protagonismo de los huesos potencia con su
desnudez la intencionalidad de la propuesta. Los aspectos sensibles, las
luces que componían esas atmósferas han desaparecido. La rudeza que
impregna de dolor ese olvido no le impide, sin embargo, componer sus
fotos. Los huesos tras ser hallados, han sido retratados, como si fuesen
vestigios de una realidad sentimental, experimentada por un individuo que
sólo puede transmitirla a través de “otro”. Larga vida a Estudio 22.
Ignacio Gil-Díez Usandizaga
(15-12-2008)
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